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TRAIN BY FEEL : La Ciencia de la Autorregulación en la Era de los Wearables

Actualizado: 28 jun

Cuando el cerebro sabe más que el reloj


Vivimos en la era de los datos. Relojes GPS, pulsómetros, sensores de potencia, plataformas de análisis, acelerómetros y aplicaciones basadas en inteligencia artificial permiten monitorizar con una precisión impensable hace apenas dos décadas prácticamente cualquier aspecto del entrenamiento. Hoy es posible conocer la frecuencia cardíaca, la velocidad, la potencia, la carga acumulada o incluso estimar el estado de recuperación antes de iniciar una sesión.



Esta revolución tecnológica ha transformado la forma de entrenar y ha mejorado significativamente la planificación y el control de la carga. Sin embargo, también ha generado una pregunta cada vez más frecuente entre entrenadores y deportistas:


¿Debemos confiar más en los datos que en nuestras propias sensaciones?

La respuesta, según la evidencia científica actual, no consiste en elegir entre tecnología o percepción subjetiva, sino en comprender que ambas aportan información complementaria.

Los dispositivos cuantifican variables específicas; el cerebro integra simultáneamente información fisiológica, psicológica y ambiental para regular el esfuerzo en tiempo real (Marcora, 2009; Halson, 2014).

Fisiología del cerebro y la autorregulación

Durante mucho tiempo se asumió que la fatiga era consecuencia exclusiva del agotamiento muscular. Hoy sabemos que el rendimiento depende de un proceso mucho más complejo en el que participa activamente el sistema nervioso central y periférico.



Mientras un wearable mide unas pocas variables fisiológicas, el cerebro recibe de forma continua información sobre la temperatura corporal, el estado de hidratación, la disponibilidad energética, la fatiga muscular, la respiración, el dolor, el estrés, las emociones, la motivación y el entorno en el que se desarrolla el ejercicio. A partir de todas estas señales genera una respuesta motora adaptada a las necesidades del organismo.

Este proceso tiene un objetivo fundamental: mantener la homeostasis y evitar que el esfuerzo comprometa la integridad del organismo (Tucker & Noakes, 2009).

Por este motivo, dos deportistas con una frecuencia cardíaca similar pueden experimentar sensaciones completamente diferentes y mostrar rendimientos muy distintos. El estado fisiológico es solo una parte de la ecuación; el contexto y la interpretación que realiza el cerebro también influyen en la capacidad para sostener el esfuerzo.

La percepción del esfuerzo: mucho más que una sensación

Uno de los avances más importantes de las últimas décadas en ciencias del deporte ha sido reconocer el valor de la Percepción Subjetiva del Esfuerzo (Rating of Perceived Exertion, RPE) como herramienta para monitorizar el entrenamiento.



La escala de Borg, desarrollada inicialmente para cuantificar la intensidad percibida durante el ejercicio, ha demostrado ser un excelente indicador de la carga interna (Borg, 1998). A diferencia de una única variable fisiológica, el RPE integra múltiples factores que afectan al rendimiento:

  • calidad del sueño;

  • estrés psicológico;

  • recuperación;

  • temperatura ambiental;

  • disponibilidad energética;

  • fatiga acumulada;

  • estado emocional;

  • motivación.


Precisamente por esa capacidad integradora, el RPE se correlaciona de forma consistente con la intensidad del ejercicio y constituye una herramienta válida tanto en deportes de resistencia como en entrenamiento de fuerza (Eston, 2012).


El modelo psicobiológico de la fatiga propuesto por Samuele Marcora (2008, 2009) plantea que la percepción del esfuerzo desempeña un papel determinante en el rendimiento.

Según este modelo, el ejercicio finaliza cuando el esfuerzo necesario para mantener una determinada intensidad supera la motivación disponible para continuar, independientemente de que todavía exista cierta capacidad fisiológica residual.

Aunque este modelo convive con otras explicaciones sobre la fatiga y continúa siendo objeto de investigación, ha contribuido a poner de relieve la importancia de los procesos perceptivos y cognitivos durante el ejercicio.

Autorregular no significa improvisar

La palabra autorregulación suele generar cierta confusión. Con frecuencia se interpreta como entrenar sin planificación o permitir que el deportista haga únicamente lo que le apetece cada día. Sin embargo, la evidencia describe un concepto muy diferente.

Autorregular consiste en adaptar la carga de entrenamiento al estado funcional real del deportista, manteniendo el objetivo de la sesión.

Esto significa que la planificación establece el estímulo que se pretende conseguir, mientras que la intensidad exacta puede ajustarse según la respuesta del organismo.


En deportes de resistencia, por ejemplo, un corredor puede comprobar que un ritmo habitual exige un esfuerzo mucho mayor tras una noche de mal descanso o durante una ola de calor. Mantener el ritmo programado únicamente porque aparece en el plan podría incrementar innecesariamente la fatiga sin aportar un beneficio adicional.


En entrenamiento de fuerza ocurre algo similar. Una carga correspondiente al 80 % del 1RM puede sentirse relativamente ligera un día y extraordinariamente pesada otro, debido a diferencias en la recuperación, el sueño, el estrés o la fatiga acumulada.


En estos casos, herramientas como la escala RPE o el sistema Repetitions in Reserve (RIR) permiten ajustar la carga sin perder el objetivo fisiológico de la sesión (Helms et al., 2018; Zourdos et al., 2016).

La autorregulación, por tanto, no sustituye a la programación; la hace más flexible e individualizada.

Tecnología y entrenamiento: una relación complementaria

Los wearables han revolucionado la monitorización del entrenamiento. La frecuencia cardíaca, la potencia, la velocidad o la variabilidad de la frecuencia cardíaca (HRV) proporcionan información útil para controlar la carga y analizar tendencias a lo largo del tiempo.

No obstante, todas estas herramientas presentan una limitación importante: ninguna refleja por sí sola el estado global del deportista.

La frecuencia cardíaca puede verse alterada por la temperatura ambiental, la deshidratación, la cafeína o el estrés. La HRV muestra una elevada variabilidad individual y debe interpretarse dentro de un contexto adecuado. Del mismo modo, la potencia o la velocidad describen el rendimiento mecánico, pero no explican necesariamente cómo está respondiendo el organismo al esfuerzo (Halson, 2014).


Por ello, numerosos especialistas recomiendan combinar indicadores objetivos y subjetivos para obtener una valoración más completa de la carga de entrenamiento (Impellizzeri et al., 2019).

Cuando los datos y las sensaciones coinciden, la toma de decisiones suele ser sencilla. Cuando no lo hacen, el contexto adquiere un papel fundamental, la experiencia del entrenador y sobretodo del atleta resulta decisiva para interpretar la situación.

El riesgo del tecnoestrés

La disponibilidad constante de datos también puede tener consecuencias negativas.

En los últimos años ha comenzado a describirse el fenómeno conocido como tecnoestrés, caracterizado por una dependencia excesiva de la información proporcionada por los dispositivos tecnológicos.



Algunos deportistas llegan a modificar o cancelar un entrenamiento porque su reloj indica una recuperación insuficiente, incluso cuando se sienten descansados y preparados para entrenar. En el extremo opuesto, otros ignoran las señales de fatiga porque los datos objetivos parecen normales.


Ninguna de estas situaciones resulta deseable.

Los algoritmos trabajan con modelos estadísticos y estimaciones fisiológicas, mientras que el cerebro integra variables que todavía no pueden cuantificarse de forma completa, como el estado emocional, la motivación o la percepción consciente del esfuerzo.

La tecnología debe servir para apoyar la toma de decisiones, no para sustituir el juicio del entrenador ni la capacidad del deportista para interpretar las señales de su propio organismo.

El papel del entrenador

En este contexto, la función del entrenador ha evolucionado.

Ya no basta con prescribir porcentajes de carga o interpretar gráficos de rendimiento. El entrenador moderno debe integrar datos objetivos, percepción subjetiva, experiencia y contexto para individualizar el entrenamiento.



Sin embargo, existe una función mucho más importante que ninguna plataforma ni algoritmo puede desempeñar: enseñar al deportista a utilizar su propio cerebro. El objetivo no es crear atletas dependientes de una hoja de cálculo o de un reloj inteligente, sino deportistas capaces de interpretar las señales de su organismo, comprender la percepción del esfuerzo y tomar decisiones acertadas cuando las circunstancias cambian.


El entrenamiento no consiste únicamente en desarrollar músculos o mejorar el consumo máximo de oxígeno; también implica educar la capacidad del cerebro para regular el esfuerzo, gestionar la fatiga y adaptar el comportamiento a las demandas de cada sesión. Con la experiencia, el atleta aprende a distinguir entre la incomodidad propia del entrenamiento y las señales que aconsejan modificar la carga, mejorando así su capacidad de autorregulación.


Además, el entrenador desempeña un papel decisivo en uno de los principales determinantes del rendimiento descritos por el Modelo Psicobiológico de la Fatiga: la motivación (Marcora, 2008). Mediante una adecuada comunicación, el establecimiento de objetivos realistas, la generación de confianza y un entorno de entrenamiento positivo, puede aumentar el compromiso del deportista y favorecer que exprese una mayor proporción de su potencial fisiológico. No se trata de cambiar la fisiología del atleta, sino de crear las condiciones para que pueda utilizarla de la forma más eficiente posible.


Por ello, la tecnología debe ocupar el lugar que le corresponde: el de una herramienta de apoyo. Los datos permiten medir y monitorizar el entrenamiento, pero no sustituyen el juicio profesional ni la capacidad del deportista para interpretar sus propias sensaciones. Cuando el atleta aprende a utilizar su cerebro y el entrenador sabe cómo desarrollar esa habilidad, los números dejan de ser el centro del proceso para convertirse en un recurso al servicio del rendimiento.


La excelencia en el entrenamiento no consiste en cumplir exactamente la carga prevista, sino en aplicar el estímulo adecuado en el momento adecuado.

La verdadera inteligencia del entrenamiento surge cuando convergen tres elementos: la evidencia científica, el cerebro del entrenador y el cerebro del deportista. Los datos son importantes, pero solo adquieren valor cuando se interpretan correctamente dentro del contexto biológico y humano de cada atleta.

Conclusión

La tecnología ha supuesto uno de los mayores avances en la historia del entrenamiento deportivo y seguirá desempeñando un papel esencial en la optimización del rendimiento.
Sin embargo, los dispositivos no sustituyen la complejidad del sistema nervioso humano.
La evidencia científica indica que la percepción subjetiva del esfuerzo constituye una herramienta válida para monitorizar la carga interna y ajustar el entrenamiento, especialmente cuando se interpreta junto con indicadores objetivos.
La combinación de ambas fuentes de información permite individualizar las cargas, mejorar la toma de decisiones y reducir el riesgo de errores derivados tanto de la dependencia tecnológica como de la intuición aislada.
En definitiva, el futuro del entrenamiento no pasa por elegir entre el reloj y las sensaciones.
Pasa por utilizar la tecnología para comprender mejor al deportista, sin olvidar que el sistema de monitorización más sofisticado sigue siendo el propio organismo.
COACH MANU

Referencias

  • Borg, G. (1998). Borg's Perceived Exertion and Pain Scales. Human Kinetics.

  • Eston, R. (2012). Use of ratings of perceived exertion in sports. International Journal of Sports Physiology and Performance, 7(2), 175–182.

  • Halson, S. L. (2014). Monitoring training load to understand fatigue in athletes. Sports Medicine, 44(Suppl. 2), S139–S147.

  • Helms, E. R., Cronin, J., Storey, A., & Zourdos, M. C. (2018). Application of the repetitions in reserve-based rating of perceived exertion scale for resistance training. Strength and Conditioning Journal, 40(4), 34–47.

  • Impellizzeri, F. M., Marcora, S. M., & Coutts, A. J. (2019). Internal and external training load: 15 years on. International Journal of Sports Physiology and Performance, 14(2), 270–273.

  • Marcora, S. M. (2008). Do we really need a central governor to explain brain regulation of exercise performance? European Journal of Applied Physiology, 104(5), 929–931.

  • Marcora, S. M. (2009). Perception of effort during exercise is independent of afferent feedback from skeletal muscles, heart, and lungs. Journal of Applied Physiology, 106(6), 2060–2062.

  • Tucker, R., & Noakes, T. D. (2009). The anticipatory regulation of performance: The physiological basis for pacing strategies and the development of a perception-based model for exercise performance. British Journal of Sports Medicine, 43(6), 392–400.

  • Zourdos, M. C., Klemp, A., Dolan, C., et al. (2016). Novel resistance training-specific rating of perceived exertion scale measuring repetitions in reserve. Journal of Strength and Conditioning Research, 30(1), 267–275.

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