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Entrenar BY FEEL : La Ciencia de la Autorregulación en la Era de los Wearables

Cuando el cerebro sabe más que el reloj


Vivimos en la era de los datos. Pulsómetros, relojes GPS, plataformas de análisis, acelerómetros, medidores de potencia, sensores de variabilidad de la frecuencia cardíaca (HRV) e incluso algoritmos de inteligencia artificial prometen optimizar el entrenamiento y mejorar el rendimiento deportivo. Nunca antes los entrenadores y atletas habían tenido acceso a tanta información sobre su propio organismo.



La popularización de estas tecnologías ha supuesto un avance extraordinario para el control de la carga de entrenamiento, permitiendo monitorizar variables fisiológicas, mecánicas y de recuperación con un nivel de precisión impensable hace apenas dos décadas. Sin embargo, la creciente dependencia de estos dispositivos también ha generado una tendencia preocupante: la creencia de que el rendimiento puede explicarse exclusivamente mediante números y algoritmos.


Desde una perspectiva fisiológica, esta visión resulta reduccionista. El organismo humano constituye un sistema biológico complejo en el que múltiples procesos interactúan simultáneamente y se modifican de forma continua. Ningún dispositivo actual es capaz de medir de manera integrada todos los factores que determinan la capacidad de rendimiento de una persona en un momento concreto.


Existe una realidad fisiológica que con frecuencia olvidamos: el cerebro humano es el sistema de integración de información más sofisticado jamás desarrollado.


Mientras que un wearable únicamente analiza unas pocas variables fisiológicas aisladas, el sistema nervioso central integra simultáneamente una enorme cantidad de información procedente del organismo y del entorno. Entre estas señales se encuentran la temperatura corporal, la disponibilidad energética, el estado de hidratación, la calidad del sueño, el estado hormonal, la fatiga neuromuscular, la inflamación, el dolor, el estrés psicológico, las emociones, la motivación, las experiencias previas y las expectativas sobre la tarea que se está realizando (Marcora, 2009).


Además, el cerebro no se limita a recibir información de forma pasiva. Su función principal consiste en interpretar constantemente estas señales para anticipar amenazas potenciales a la homeostasis y regular el comportamiento motor en consecuencia. En otras palabras, antes de que aparezca un fallo fisiológico real, el sistema nervioso ya está ajustando la intensidad del esfuerzo para preservar la integridad del organismo.


Esta idea constituye uno de los pilares fundamentales del Modelo Psicobiológico de la Fatiga propuesto por Samuele Marcora (2008, 2009). Según este modelo, el rendimiento no depende únicamente de las limitaciones fisiológicas periféricas, sino también de cómo el cerebro interpreta el esfuerzo necesario para mantener una determinada intensidad de ejercicio. La percepción subjetiva del esfuerzo emerge así como una variable integradora capaz de reflejar el estado global del organismo de forma más completa que cualquier marcador fisiológico aislado.


La consecuencia práctica es evidente: ningún dispositivo actual posee la capacidad de interpretar el estado global del organismo con la precisión del cerebro humano. Los wearables pueden proporcionar información valiosa, pero siempre representan una simplificación de una realidad biológica mucho más compleja.


Por ello, la autorregulación del entrenamiento basada en las sensaciones, la percepción del esfuerzo y la capacidad del atleta para interpretar su propio estado fisiológico constituye una de las herramientas más poderosas para individualizar las cargas de entrenamiento y optimizar las adaptaciones a largo plazo.

La tecnología puede ayudar a entrenar mejor, pero difícilmente podrá sustituir la inteligencia biológica que ha evolucionado durante millones de años para regular el movimiento humano.

Fisiología del cerebro y la autorregulación

Durante muchos años se creyó que la fatiga era un fenómeno exclusivamente muscular. Hoy sabemos que el rendimiento deportivo depende de un complejo sistema de regulación en el que el cerebro interpreta continuamente el estado del organismo y ajusta la intensidad del ejercicio antes de que aparezca un fallo fisiológico irreversible (Marcora, 2008; Tucker y Noakes, 2009).


El sistema nervioso se divide en dos grandes componentes. El Sistema Nervioso Central (SNC), formado por el cerebro y la médula espinal, actúa como centro de procesamiento de la información. El Sistema Nervioso Periférico (SNP) conecta el cerebro con el resto del organismo mediante dos tipos de vías: las aferentes, que transportan información desde el cuerpo hacia el cerebro, y las eferentes, que envían las órdenes motoras desde el cerebro hacia los músculos.


Durante el ejercicio, millones de señales llegan continuamente al cerebro a través de las vías aferentes. Los mecanorreceptores informan sobre la posición corporal y la tensión muscular; los metaborreceptores detectan cambios químicos asociados al esfuerzo; los termorreceptores monitorizan la temperatura; los barorreceptores y quimiorreceptores informan sobre presión arterial, oxigenación y pH; los receptores respiratorios comunican el trabajo ventilatorio; y los nociceptores detectan posibles daños tisulares. A ello se suma información procedente del entorno, como la temperatura ambiental, el terreno, la posición de los rivales o la distancia restante.


El cerebro no analiza estas variables de forma aislada. Integra simultáneamente información fisiológica, psicológica y ambiental junto con la experiencia previa, el estado emocional, la motivación y el objetivo de la tarea.

Como consecuencia, dos deportistas con parámetros fisiológicos similares pueden responder de forma completamente diferente ante un mismo esfuerzo. La regulación del rendimiento es, por tanto, altamente individualizada.

Tras procesar toda esta información, el cerebro genera una respuesta mediante las vías eferentes, regulando continuamente el reclutamiento de unidades motoras, la fuerza, la velocidad y el ritmo de ejercicio (pacing). Esta respuesta se actualiza constantemente para adaptar la intensidad a las necesidades del organismo.


Este funcionamiento constituye la base del modelo de Tucker y Noakes (2009). Según estos autores, el cerebro actúa como un sistema de regulación anticipatoria que utiliza la información aferente para predecir el estado futuro del organismo. Si estima que mantener la intensidad actual comprometerá la homeostasis antes de finalizar el ejercicio, reduce anticipadamente el reclutamiento muscular y modifica el pacing. De este modo, el cerebro distribuye los recursos fisiológicos para maximizar el rendimiento evitando daños potencialmente peligrosos.

Por su parte, el Modelo Psicobiológico de Marcora (2008, 2009, 2019) explica cómo esta regulación se experimenta de forma consciente. La variable limitante del rendimiento no sería el agotamiento muscular, sino la percepción del esfuerzo (RPE), generada por el comando motor que el cerebro necesita enviar para mantener una determinada producción de fuerza.

Conforme aumenta la fatiga, el comando motor y la percepción del esfuerzo se incrementan progresivamente. El ejercicio finaliza cuando el esfuerzo percibido supera la motivación disponible, incluso aunque todavía exista capacidad fisiológica residual.

En conjunto, ambos modelos ofrecen una visión integradora de la fatiga. Tucker y Noakes explican cómo el cerebro regula anticipadamente la intensidad para proteger la homeostasis, mientras que Marcora describe cómo esa regulación se manifiesta mediante la percepción del esfuerzo y la motivación. Lejos de ser un simple transmisor de órdenes, el cerebro actúa como un sofisticado sistema de integración y toma de decisiones que determina, de forma dinámica e individualizada, la máxima intensidad que cada deportista puede sostener en cada momento.


Autorregulación en el entrenamiento de resistencia

La autorregulación tiene una larga tradición en los deportes de resistencia. Mucho antes de la aparición de los pulsómetros, los GPS o los medidores de potencia, los atletas de élite ya ajustaban intuitivamente la intensidad de sus esfuerzos basándose en las sensaciones que experimentaban durante el ejercicio.


De hecho, una de las características más llamativas de los mejores corredores, ciclistas y triatletas del mundo es su extraordinaria capacidad para distribuir el esfuerzo a lo largo de una prueba. Raramente mantienen una velocidad o potencia constante durante toda la competición. Por el contrario, realizan ajustes continuos de la intensidad en función de las demandas de la tarea y de las señales que reciben de su propio organismo. Este fenómeno recibe el nombre de pacing strategy.


Durante décadas se pensó que estas modificaciones del ritmo eran consecuencia directa del agotamiento muscular o cardiovascular. Sin embargo, investigaciones más recientes sugieren que el proceso es mucho más complejo.

El cerebro actúa como un regulador central que evalúa continuamente la situación y modifica el comportamiento motor antes de que aparezca un fallo fisiológico catastrófico.

Según Tucker (2009), la regulación del ritmo durante el ejercicio es un proceso anticipatorio. El sistema nervioso central utiliza información procedente tanto del organismo como del entorno para estimar el coste fisiológico futuro del esfuerzo actual y decidir si debe mantener, aumentar o reducir la intensidad.

Entre las variables que el cerebro integra continuamente se encuentran:

  • La distancia o tiempo restante hasta finalizar la tarea.

  • Las condiciones ambientales (temperatura, humedad, altitud o viento).

  • El estado fisiológico actual.

  • La disponibilidad energética.

  • La temperatura corporal.

  • La fatiga acumulada.

  • La experiencia previa en esfuerzos similares.

  • La motivación y la importancia percibida de la competición.


Por ejemplo, un corredor de maratón no mantiene exactamente el mismo ritmo desde el kilómetro 1 hasta el 42. El cerebro reajusta constantemente la velocidad en función de la percepción del esfuerzo y de la información disponible sobre cuánto queda por recorrer. Del mismo modo, un ciclista puede reducir espontáneamente la potencia desarrollada en una subida si percibe que el coste fisiológico comprometerá su rendimiento en fases posteriores de la carrera.


Este fenómeno es difícil de explicar mediante modelos puramente periféricos de la fatiga. Desde la perspectiva del Modelo Psicobiológico de Marcora (2008, 2009), la variable clave que determina estos ajustes no es el estado de los músculos, sino la percepción consciente del esfuerzo.


Según Marcora, el deportista continúa ejerciendo mientras perciba que el esfuerzo requerido es aceptable y compatible con el objetivo perseguido.

Cuando el esfuerzo percibido supera el máximo tolerable, el atleta disminuye el ritmo o abandona la tarea, incluso aunque todavía exista capacidad fisiológica residual.

Esta teoría ayuda a explicar numerosos fenómenos observados en el deporte de resistencia. Por ejemplo, la fatiga mental producida por tareas cognitivas prolongadas puede reducir significativamente el rendimiento físico sin modificar variables cardiovasculares, metabólicas o neuromusculares. En estos casos, el deportista simplemente percibe el esfuerzo como más elevado y, en consecuencia, reduce voluntariamente su rendimiento (Marcora, Staiano y Manning, 2009).


Desde una perspectiva práctica, todo ello tiene implicaciones muy relevantes para el entrenamiento. Si la percepción del esfuerzo constituye una de las principales variables reguladoras del rendimiento, entonces los deportistas deben aprender a identificarla, interpretarla y utilizarla como herramienta de control de la carga.


Por este motivo, los métodos modernos de entrenamiento de resistencia deben combinar indicadores objetivos con indicadores subjetivos.

Numerosos estudios han demostrado que el RPE predice el rendimiento con una precisión comparable e incluso superior a diversos marcadores fisiológicos aislados (Eston, 2012). Esto ocurre porque la percepción subjetiva integra simultáneamente información procedente de múltiples sistemas fisiológicos y psicológicos, actuando como una auténtica síntesis del estado global del organismo.

En consecuencia, el objetivo del entrenamiento de resistencia no debería ser únicamente mejorar el VO₂máx, los umbrales fisiológicos o la economía de movimiento. También debe desarrollarse la capacidad del deportista para interpretar correctamente sus propias sensaciones y regular el esfuerzo de manera eficiente. En muchos casos, la diferencia entre un atleta experto y uno inexperto no reside únicamente en sus capacidades fisiológicas, sino en su habilidad para escuchar al organismo y tomar decisiones acertadas durante el ejercicio.


Autorregulación en el entrenamiento de fuerza

Autorregulación en el entrenamiento de fuerza: enseñar a sentir antes que enseñar a obedecer. La programación del entrenamiento de fuerza ha evolucionado enormemente durante las últimas décadas. Actualmente disponemos de porcentajes de 1RM, dispositivos de medición de velocidad, encoders lineales, plataformas de fuerza, aplicaciones de seguimiento y sofisticados modelos matemáticos que permiten prescribir cargas con una precisión aparentemente extraordinaria.


Como consecuencia, muchos entrenadores han desarrollado la creencia de que la calidad del entrenamiento depende de controlar con exactitud todas las variables de la sesión: porcentaje de carga, velocidad de ejecución, tiempo de descanso, número de series, número de repeticiones e incluso la duración exacta de cada pausa entre ejercicios.

Bajo esta filosofía, el entrenador se convierte en un prescriptor de instrucciones extremadamente precisas y el atleta en un simple ejecutor.

Sin embargo, existe una pregunta fundamental que rara vez se plantea:

¿Realmente el organismo funciona con la misma precisión con la que intentamos programarlo?


La respuesta es no.


El rendimiento humano es un fenómeno biológico dinámico que fluctúa constantemente. La capacidad para producir fuerza no es una variable fija que permanece estable entre sesiones. Por el contrario, cambia diariamente como consecuencia de múltiples factores fisiológicos y psicológicos.


Entre ellos destacan:

  • Calidad y duración del sueño.

  • Estrés laboral, académico o familiar.

  • Estado emocional.

  • Recuperación de sesiones previas.

  • Estado nutricional e hidratación.

  • Dolor o molestias físicas.

  • Motivación.

  • Fatiga acumulada.

  • Disponibilidad energética.


Por este motivo, una carga que hoy representa un esfuerzo óptimo puede resultar excesiva mañana o insuficiente pasado mañana. La paradoja es evidente: mientras los entrenadores intentan controlar el entrenamiento con una precisión milimétrica, el organismo que recibe ese entrenamiento cambia continuamente.


Desde esta perspectiva, la obsesión por prescribir porcentajes exactos, tiempos de descanso inamovibles o velocidades concretas puede generar una falsa sensación de control. Los números son útiles, pero no tienen la capacidad de reflejar completamente el estado biológico real del deportista en cada momento.


El cerebro sí.


Tal como propone el Modelo Psicobiológico de la Fatiga de Marcora (2008, 2009), el sistema nervioso central integra continuamente información procedente de múltiples sistemas fisiológicos y psicológicos para regular la producción de esfuerzo. En consecuencia, el cerebro posee más información sobre la capacidad real de rendimiento de un atleta en un momento determinado que cualquier tabla de porcentajes o dispositivo tecnológico.


Por ello, la verdadera función del entrenador no debería consistir únicamente en prescribir cargas, sino en enseñar al deportista a interpretar correctamente las señales de su propio organismo.


La autorregulación no significa entrenar sin criterio.

Tampoco significa hacer lo que apetezca cada día.

La autorregulación consiste en desarrollar la capacidad de tomar decisiones adecuadas utilizando la información que proporciona el propio cuerpo.

Del mismo modo que un entrenador enseña a realizar una sentadilla, un snatch o un muscle-up, también debería enseñar a reconocer la fatiga, identificar los días de alta disponibilidad de rendimiento, interpretar la percepción del esfuerzo y ajustar las variables del entrenamiento en consecuencia.


Uno de los errores más frecuentes consiste en asumir que los principiantes no son capaces de autorregularse y utilizar este argumento para rechazar el concepto.

Sin embargo, el hecho de que un principiante no sepa hacerlo no constituye una crítica a la autorregulación; constituye una justificación de la necesidad de enseñarla.

Nadie espera que un deportista novel domine la técnica de una sentadilla durante su primera sesión. Tampoco se espera que interprete correctamente sus sensaciones desde el primer día. Ambas habilidades requieren aprendizaje, práctica y experiencia.

La diferencia entre un atleta principiante y uno avanzado no radica únicamente en la fuerza que puede producir, sino también en la precisión con la que interpreta las señales de su organismo.


Con los años, los mejores atletas desarrollan una capacidad extraordinaria para saber cuándo aumentar la carga, cuándo reducirla, cuándo prolongar un descanso o cuándo finalizar una serie. No toman estas decisiones al azar; las toman porque han aprendido a escuchar y comprender la información que les proporciona su sistema nervioso.


Desde esta perspectiva, el objetivo de la programación no debería ser controlar todas las variables posibles, sino definir claramente el estímulo deseado y permitir que el atleta ajuste el resto de parámetros según su estado funcional.


Por ejemplo, el entrenador podría prescribir:

  • 5 series de 5 repeticiones de sentadilla.

Y permitir que el atleta determine:

  • La carga utilizada.

  • El tiempo de descanso entre series.

  • La velocidad de ejecución.

  • La proximidad al fallo.

  • Los incrementos o reducciones de peso.

La misión del entrenador consiste en supervisar el proceso, corregir errores y educar progresivamente la capacidad de autorregulación del deportista. En este modelo, el entrenamiento deja de ser una imposición externa y se convierte en un proceso de aprendizaje.

El entrenador aporta experiencia, conocimiento y dirección.

El atleta aporta información biológica en tiempo real.

Ambos colaboran para construir el estímulo óptimo.


Paradójicamente, cuanto más avanzado es un deportista, menos necesita que alguien le diga exactamente qué peso utilizar o cuánto debe descansar. Lo que necesita es comprender qué estímulo persigue la sesión y disponer de la libertad suficiente para alcanzarlo de la forma más eficiente posible.


La máxima expresión del entrenamiento de fuerza no consiste en ejecutar exactamente el porcentaje programado en una hoja de cálculo.


Consiste en desarrollar atletas capaces de producir el estímulo adecuado en el momento adecuado porque han aprendido a interpretar correctamente las señales de su propio organismo.

En última instancia, el papel del entrenador no es crear deportistas dependientes de sus indicaciones, sino enseñarles a utilizar la herramienta más sofisticada de control del entrenamiento que existe: su propio cerebro.

Tecnoestrés: cuando demasiados datos empeoran el rendimiento

La tecnología puede ser una herramienta extraordinaria, pero el problema aparece cuando el atleta y el entrenador se vuelven dependientes de ella.


El término "tecnoestrés" describe el estrés psicológico generado por la sobreexposición a información tecnológica. En el ámbito deportivo, esto puede manifestarse mediante:

  • Obsesión por el HRV

  • Ansiedad por la frecuencia cardíaca

  • Dependencia del GPS

  • Interpretación errónea de datos

  • Miedo a entrenar cuando un dispositivo indica "mala recuperación"


Paradójicamente, el atleta puede sentirse preparado para entrenar pero decidir no hacerlo porque un algoritmo le indica lo contrario.

Esta desconexión progresiva de las sensaciones corporales reduce la capacidad de autorregulación. Como señala Marcora (2009), el cerebro dispone de una integración de información mucho más compleja que cualquier dispositivo externo. La tecnología debería complementar la percepción subjetiva, nunca sustituirla.

El papel del entrenador en la autorregulación

La autorregulación no es improvisación: el papel del entrenador

Uno de los errores más comunes es pensar que la autorregulación significa entrenar sin planificación o dejar que el deportista decida libremente la carga de cada sesión. En realidad, ocurre lo contrario. La autorregulación requiere una planificación sólida y un entrenador altamente cualificado capaz de adaptar el entrenamiento al estado real del atleta.


La programación establece los objetivos, los ejercicios y la progresión del entrenamiento. Sin embargo, la carga definitiva no está completamente cerrada, sino que se ajusta en función de la respuesta individual del deportista. De este modo, el entrenamiento deja de basarse en una planificación rígida y pasa a responder a la realidad biológica de cada sesión.


Para tomar estas decisiones, el entrenador debe integrar múltiples fuentes de información, como el rendimiento observado durante el calentamiento y las primeras series, la fatiga acumulada, el estado emocional, la motivación, la calidad del sueño, las molestias físicas y el contexto personal del atleta. Ninguna de estas variables, por sí sola, determina la decisión; es su interpretación conjunta la que permite comprender la capacidad real de rendimiento de ese día.


En este contexto, el entrenador moderno actúa como un puente entre los datos y la biología. Su función consiste en diseñar el marco general del entrenamiento, interpretar los indicadores objetivos (velocidad de ejecución, RPE, frecuencia cardíaca o rendimiento), escuchar las sensaciones del deportista y modificar la carga cuando las circunstancias lo aconsejen.


La tecnología aporta información valiosa, pero nunca sustituye el juicio del entrenador. Del mismo modo, las sensaciones del atleta tampoco deben aceptarse de forma aislada, sino integrarse con los datos objetivos y el conocimiento del proceso de entrenamiento.

En definitiva, la autorregulación no elimina la planificación; la hace más inteligente.

Los mejores entrenadores no sustituyen el cerebro del deportista por una hoja de cálculo ni delegan las decisiones en un algoritmo.

Comprenden que cada atleta es un sistema biológico complejo y utilizan toda la información disponible para ajustar el entrenamiento y maximizar la adaptación. La verdadera excelencia no consiste en prescribir exactamente los kilos que deben levantarse, sino en saber cuándo mantener el plan y cuándo modificarlo para obtener el mayor beneficio posible.


Conclusiones

La tecnología ha revolucionado el entrenamiento deportivo, pero no debe hacernos olvidar que el principal regulador del rendimiento sigue siendo el cerebro.
La evidencia científica actual indica que:
La percepción del esfuerzo es uno de los mejores predictores del rendimiento (Eston, 2012)
El cerebro integra más información que cualquier wearable disponible (Marcora, 2009)
La autorregulación mejora la individualización de las cargas
Los sistemas RPE y RIR son herramientas válidas para fuerza y resistencia (Helms et al., 2018; Zourdos et al., 2016)
El exceso de dependencia tecnológica puede generar tecnoestrés y deteriorar la toma de decisiones
La verdadera inteligencia artificial del entrenamiento no está en el reloj ni en el algoritmo, sino en el cerebro del atleta y del entrenador.
Aprender a escuchar las propias sensaciones sigue siendo una de las habilidades más importantes para entrenar mejor.
COACH MANU

Referencias

  • Borg, G. (1998). Borg’s Perceived Exertion and Pain Scales. Human Kinetics.

  • Eston, R. (2012). Use of ratings of perceived exertion in sports. International Journal of Sports Physiology and Performance, 7(2), 175–182.

  • Helms, E. R., Cronin, J., Storey, A., & Zourdos, M. C. (2018). Application of the repetitions in reserve-based rating of perceived exertion scale for resistance training. Strength and Conditioning Journal, 40(4), 34–47

  • Marcora, S. M. (2008). Do we really need a central governor to explain brain regulation of exercise performance? European Journal of Applied Physiology, 104(5), 929–931.

  • Marcora, S. M. (2009). Perception of effort during exercise is independent of afferent feedback from skeletal muscles, heart, and lungs. Journal of Applied Physiology, 106(6), 2060–2062.

  • Marcora, S. M., Staiano, W., & Manning, V. (2009). Mental fatigue impairs physical performance in humans. Journal of Applied Physiology, 106(3), 857–864.

  • Tucker, R. (2009). The anticipatory regulation of performance: The physiological basis for pacing strategies and the development of a perception-based model for exercise performance. British Journal of Sports Medicine, 43(6), 392–400.

  • Zourdos, M. C., Klemp, A., Dolan, C., Quiles, J. M., Schau, K. A., Jo, E., Helms, E. R., Esgro, B., Duncan, S., Garcia Merino, S., & Blanco, R. (2016). Novel resistance training-specific rating of perceived exertion scale measuring repetitions in reserve. Journal of Strength and Conditioning Research, 30(1), 267–275.

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